martes 31 de enero de 2012

Observadores internacionales

Es curioso, ¿verdad?

Cuando queremos conocer el estado de los Derechos Humanos, de la Democracia, de las Libertades públicas y privadas, etc. en el mundo, nos fiamos de los reputados informes de ONGs tales como Human Rights Watch o Amnistía Internacional. Sus valoraciones sobre la situación en el norte de África y Oriente Próximo antes y durante la "Primavera Árabe", la situación en la China comunista-capitalista (qué extraños híbridos crea el dinero y el poder) o las actuaciones de EEUU en el marco de la "guerra contra el terror", sirvan como ejemplo, son seguidas con atención otorgándoles una gran credibilidad, puesto que son organizaciones internacionales de dilatada experiencia, mayor prestigio, seriedad, rigor e independencia. 

Cuando reconocidas asociaciones e instituciones judiciales o relacionadas con el mundo del Derecho o de la Justicia alertan sobre situaciones peliagudas en tal o cual país, vulneraciones de derechos por parte de tal o cual gobierno, o publican informes sobre procedimientos judiciales abiertos y en curso, alabándolos o denostándolos, tomamos nota y sus consideraciones nos dan pie a formular opiniones de acuerdo con sus interpretaciones conocido su renombre. Y si además ensalzan algo propio, el regocijo y el honor es mayúsculo. 

Cuando observamos estremecidos a través de los medios de comunicación el enquistamiento de una situación de conflicto (de la índole que sea), su aletargamiento en el tiempo, sus dificultades para alcanzar una resolución satisfactoria y con el menor daño posible, valoramos muy positivamente el que miembros y/o actores de la llamada comunidad internacional intermedien, se presten a hacer de interlocutores entre las partes o relaten acerca de los éxitos o fracasos de experiencias pasadas, cómo no. Es bueno, se busca la paz. 

Ahora bien: si Human Rights Watch dice que la policía se sobrepasó con los manifestantes del movimiento 15-M, que hubo un recurso de la fuerza excesivo, desproporcionado e indebido y que no se dieron las debidas garantías para ejercer con plenitud el derecho a la libertad de expresión; si diversas ONGs, como Amnistía Internacional entre otras muchas, denuncian las condiciones en los Centros de Internamiento de Extranjeros o el no respeto de principios y derechos consagrados en nuestra propia Constitución en otras y variadas circunstancias; si ONGs, también la propia AI sin ir más lejos, o asociaciones internacionales de juristas expresan su preocupación por el triple procesamiento de Baltasar Garzón, afirmando que se ve raro y huele rancio, que no entienden el cambio de criterio en la Justicia española, así como observadores internacionales acuden a los juicios para comprobar las vicisitudes del caso; si un sudafricano, un irlandés, un estadounidense... (y no es un chiste) se presentan como observadores internacionales e intermediadores en el proceso del fin de ETA y hablan, median, proponen, etc... Si ocurre esto, entonces, nos llevamos las manos a la cabeza y exclamamos, indignados, que toda esta tropa no tiene ni idea de qué habla, que resulta ser una injerencia inaceptable en nuestros asuntos internos, que obedece a no sé qué extraños intereses y poderes ocultos que les mandan para enturbiar y denigrar nuestro perfecto Estado social y democrático de Derecho, que en nuestra hambre mandamos nosotros. Claro.

Me parece todo ello un ejercicio de cinismo magnífico. Ni tan siquiera digo que estas ONGs, asociaciones, observadores, etc., tengan razón, mas no estaría de más ni mal, pienso, que dejáramos aparcado a un lado nuestro hipócrita doble rasero y consideráramos, cuando menos, que tal vez nuestro sistema es perfectamente imperfecto. Tal vez, sólo tal vez. 

O, por qué no, podríamos dejarnos influir de veras por todos estos "observadores internacionales". Un poco, igual que hacemos con los mercados internacionales, esos otros geniales observadores extranjeros que, ellos sí, sí saben de lo que hablan.

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